El otro día me sorprendí a mi misma saltando una valla en busca de un higo. Un higo blanco, orondo y bien madurito. ¿Qué coño estoy haciendo? Me pregunté. Por mi mente pasaron los recuerdos de todos aquellos veranos en Las Alpujarras. Después del baño en la alberca, podíamos estar horas y horas montadas en el árbol. Charlando, comiendo y dejando que la fructosa afectara nuestras neuronas para culminar el día en carcaladas limpias.
¿Algo en mi interior se removió al subir aquella valla? No lo sé, el higo estaba delicioso. El segundo, mejor aún. El tercero, sin comentarios. Es curioso que, aunque cambies de lugar, tus costumbres sigan siendo tus costumbres. Costumbres que puede que, a veces, sean rechazadas. Robar el higo en compañía de una polaca no es la mejor idea. ¡Rosa! ¡Qué haces! Nos van a ver.¡Serás hippie!
Hoy en día las cosas parecen más sencillas. La gente de la misma edad de países diferentes no varía mucho. Y con esto, en este momento, me refiero a las camareras polacas y españolas con las que trabajo. En sus días libres aprovechan para compartir sus costumbres. Ir al H&M, o al Zara, o al Mango, en Girona, las une. Y lo más interesante es cuando encuentras el mismo champú, la misma laca, el mismo maquillaje; en polaco, en eslovaco y en español. Con la cultura de masas, puedes quejarte, y de hecho lo haces, de la pérdida de calidad, de la cultura basura, de los estereotipos, de los tipos... Pero de lo que uno no se puede quejar es de la adaptación. De lo bien que las polacas, eslovacas y españolas de veinte años, pueden conversar acerca de lo que le ofrece el mundo. Pero, a veces, alguien, en algún rincón del mundo, no se siente satisfecho con eso. Conversaciones estereotipadas desde Rusia a Timbuctú. Y ese alguien intenta ir más allá y aprender de aquellas costumbres más profundas... ¿Quieres un higo? En mi casa, hay muchos, sabes. Hacemos mermeladas. ¿Mermelada de higo? Eso no suena muy bien. En Polonia tenemos mermelada de frambuesas, de moras, de arándanos...